
Japón es el destino que más se prepara y el que menos se improvisa: alojamiento y trenes en las temporadas buenas se agotan con meses de antelación. Aquí va lo que conviene decidir antes.
Casi todos los primeros viajes se estructuran igual, y con razón: unos días en Tokio, unos días en Kioto y algo entre medias. Tokio es muchas ciudades a la vez —Asakusa con el templo Sensō-ji, el cruce de Shibuya, Shinjuku de noche, el santuario Meiji entre árboles, Akihabara, los mercados de Toyosu—, y se necesita más tiempo del que la gente le da: cuatro noches no sobran.
Kioto es lo contrario: templos, jardines, el camino de los mil torii de Fushimi Inari, el Kiyomizu-dera, el bosque de bambú de Arashiyama y el barrio de Gion. Se recorre mejor a pie y en autobús que en tren, y conviene madrugar mucho para ver los sitios famosos sin multitud. A un rato en tren están Nara, con sus ciervos y el gran buda del Tōdai-ji, y Osaka, que es la ciudad donde se come.
Con más días entran Hiroshima y la isla de Miyajima con su torii sobre el agua, Kanazawa con uno de los tres grandes jardines del país, los pueblos de tejado de paja de Shirakawa-go y Takayama en los Alpes japoneses, y el monte Kōya, donde se puede dormir en un templo con los monjes. Y Hakone o la zona de los cinco lagos si quieres ver el Fuji, que se deja ver bastante menos de lo que promete el calendario.
La floración de los cerezos ocurre aproximadamente entre finales de marzo y principios de abril, avanza de sur a norte y cambia de fecha cada año según el invierno que haya hecho: no se puede reservar con seis meses de antelación con garantía de acertar la semana. Es además el momento de mayor demanda del año, con todo lleno y todo más caro.
Inmediatamente después llega la Golden Week, entre finales de abril y primeros de mayo, cuando el país entero se va de vacaciones a la vez. Es la peor semana posible para viajar: trenes llenos, hoteles agotados y precios disparados. Si puedes, evítala.
De junio a mediados de julio está el tsuyu, la estación de lluvias, y de julio a agosto hace un calor húmedo considerable, con temporada de tifones que se extiende hasta septiembre. En cambio el otoño —noviembre, sobre todo— trae los arces rojos, y hay quien sostiene, con motivos, que es más bonito que la primavera y con la ventaja de que dura más semanas. El invierno es seco y despejado en la costa del Pacífico, con menos gente, y espectacular de nieve en Hokkaidō y en los Alpes.
El pase de tren nacional lleva años siendo la recomendación automática, y ya no lo es. Tras la subida de precio de 2023 hay que echar la cuenta: para un recorrido corto o para quien se queda entre Tokio y Kioto, muchas veces sale más barato comprar los billetes sueltos. Para itinerarios largos con varios trayectos en tren bala, sigue compensando.
Además existen pases regionales —Kansai, Hokkaidō, Kyushu y varios más— que suelen ser la opción más razonable cuando el viaje se concentra en una zona. Nosotros hacemos esa cuenta con tu itinerario delante antes de recomendarte nada.
Dos detalles prácticos que sorprenden: en los trenes bala hay que reservar plaza para el equipaje voluminoso, y el país tiene un servicio de envío de maletas de hotel a hotel que funciona en veinticuatro horas y es baratísimo. Viajar entre ciudades sin maleta grande cambia por completo la experiencia. Y para el transporte urbano, la tarjeta recargable de tipo IC vale para metro, autobús y hasta para pagar en las tiendas de conveniencia.
Las habitaciones japonesas son pequeñas: eso no es una queja, es el estándar del país, y en los hoteles urbanos de negocios lo son especialmente. Están impecables y bien resueltas, pero si viajáis tres o cuatro personas, la habitación familiar no siempre existe y hay que reservar dos.
Merece mucho la pena dormir al menos una noche en un ryokan, la posada tradicional, con habitación de tatami, cena kaiseki y baño termal. Si hay onsen, conviene saber de antemano que el baño es desnudo y separado por sexos, y que algunos establecimientos aún ponen pegas a los tatuajes visibles.
Y lo más importante de este apartado: en temporada de cerezos y en otoño el alojamiento en Kioto y en Tokio se agota con muchísima antelación. Es el destino de esta lista donde reservar tarde se paga más caro.
Los españoles no necesitan visado para estancias turísticas de hasta noventa días; sí pasaporte en vigor con margen. Existe además un registro en línea previo a la llegada para inmigración y aduanas que agiliza el paso por el aeropuerto. Se comprueba antes de salir y se consultan las recomendaciones del Ministerio de Asuntos Exteriores.
La moneda es el yen. Japón se ha ido pasando a la tarjeta pero sigue habiendo sitios donde solo se paga en efectivo, sobre todo templos, restaurantes pequeños y transporte rural; conviene llevar algo de dinero encima. Los cajeros de las tiendas de conveniencia aceptan tarjetas extranjeras y están abiertos siempre.
No se dan propinas: no es que estén mal vistas, es que no existen y pueden incomodar. Se hace mucho silencio en el transporte público, no se come por la calle y se separa la basura con rigor. El inglés está poco extendido fuera de los sitios turísticos, pero la señalización es excelente y la gente hace un esfuerzo enorme por ayudar.
Hay vuelo directo desde Madrid a Tokio, y también se llega con una escala vía el Golfo, Estambul u otro punto europeo, muchas veces con horarios que encajan mejor. Aterrizar en Tokio y salir por Osaka —o al revés— evita deshacer el camino y suele merecer la pena si el itinerario baja hasta Kansai.
Desde Lorca hay que resolver el enlace hasta el aeropuerto de salida y contar con una noche previa si el vuelo es de mañana. Ten en cuenta también el desfase horario: se llega a Japón con el día perdido y conviene no planificar nada exigente para la primera jornada.
Entre diez y catorce días sin contar los vuelos. Con menos de diez se puede hacer Tokio y Kioto, pero se queda muy corto para lo que cuesta llegar. Con dos semanas entran además Hiroshima, Miyajima y los Alpes japoneses sin ir corriendo.
Depende del itinerario, y desde la subida de precio de 2023 ya no compensa por defecto. Para recorridos largos con varios trayectos en tren bala sigue saliendo a cuenta; para un viaje concentrado entre Tokio y Kioto, muchas veces salen más baratos los billetes sueltos o un pase regional. Hacemos la cuenta con tu recorrido antes de recomendarlo.
Aproximadamente entre finales de marzo y principios de abril, avanzando de sur a norte, y la fecha exacta cambia cada año según el invierno. Nadie puede garantizarla con meses de antelación. Es además la temporada más cara y más llena del año.
No. El inglés está poco extendido fuera de las zonas turísticas, pero la señalización en estaciones y transportes es excelente, las aplicaciones de traducción funcionan bien y la gente ayuda con una amabilidad que sorprende. Es un país fácil de recorrer pese al idioma.
Sí, es un país seguro, limpio y muy ordenado, y los niños lo pasan bien. Lo que hay que tener en cuenta es que las habitaciones son pequeñas y las familiares escasean, que se anda muchísimo y que en verano el calor y la humedad son duros. Primavera y otoño son las mejores épocas para ir en familia.
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